“El pueblo que nunca terminó la noche 🌙"
“El pueblo que nunca terminó la noche”
Llegas a San Lázaro del Viento casi por accidente. Tu auto se quedó sin señal y sin gasolina, y el camino de terracería te llevó directo a un pueblo que no aparece en ningún mapa. Desde la entrada, notas algo extraño: todas las casas tienen las ventanas abiertas, pero las cortinas no se mueven con el viento. De hecho, no hay viento. Todo está inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
Las calles están vacías. Ni perros, ni niños, ni voces. Solo un silencio tan profundo que te hace sentir intruso.
Al caminar hacia la plaza principal, ves un letrero de madera clavado en el suelo. Las letras, medio borradas, dicen:
“PROHIBIDO QUEDARSE DESPUÉS DEL SUSURRO.”
No entiendes a qué se refiere, pero un escalofrío te recorre la espalda.
Te acercas a la tiendita que está a un lado de la plaza. La puerta está entreabierta, y adentro parece haber luz. Empujas con cuidado. Un viejo está sentado detrás del mostrador, inmóvil, mirando al frente. Solo cuando das un paso más, parpadea lentamente, como si recordara que tiene que actuar como humano.
—No deberías estar aquí —dice sin moverse—. No cuando ya casi empieza.
—¿Qué cosa? —preguntas.
El viejo te mira con ojos vidriosos.
—El susurro. Cuando lo escuches… no contestes, pase lo que pase.
Antes de que puedas hacer más preguntas, las luces se apagan. No solo la tienda: todo el pueblo queda en penumbra. Solo la luna ilumina las calles.
Entonces lo escuchas.
Un susurro largo, suave, como muchas voces hablando al mismo tiempo debajo de la tierra. Proviene de todas partes: de las alcantarillas, de las rendijas en las paredes, del interior de las casas. Es un sonido húmedo, insistente, como si algo estuviera llamando tu nombre… aunque todavía no entiendes las palabras.
Corres hacia tu auto, pero cuando llegas, ya no está. No hay huellas, no hay marcas de llantas. Solo un camino vacío que termina en la nada. Intentas usar tu celular; no tiene señal ni batería, aunque lo cargaste por completo esa mañana.
El susurro crece.
Se convierte en una frase repetida una y otra vez:
“Devuélvenos el día… devuélvenos el día…”
Las puertas de las casas comienzan a abrirse al mismo tiempo. Personas pálidas, con los ojos completamente negros, salen lentamente. Caminan arrastrando los pies, como si les costara recordar cómo se mueve un cuerpo. Todos te miran. Todos repiten la frase con voces huecas.
Retrocedes, tropezando con la fuente de la plaza. El agua está quieta, demasiado quieta. Y en la superficie ves tu reflejo… pero no coincide contigo. Tu reflejo sonríe.
Y sus labios se mueven:
“Te estábamos esperando.”
Las campanas de la iglesia comienzan a sonar, aunque la torre está derrumbada desde hace décadas. El viejo de la tienda aparece detrás de ti, con las manos temblorosas.
—Ya empezó —susurra—. Aquí la noche nunca termina… a menos que alguien tome tu lugar.
Cuando giras para preguntar qué quiere decir, ya no está.
Y la multitud se acerca, abriendo espacio para ti, como si te estuvieran dando la bienvenida.
El susurro te rodea.
La noche apenas comienza.
Y en San Lázaro del Viento, una vez que escuchas la voz del pueblo…
ya no puedes salir.
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