El ultimo timbre🎗
“El último timbre”🔔
Cuando el último timbre suena, tú todavía estás en el salón, recogiendo tus cosas. El eco metálico de la campana vibra en las paredes vacías del edificio, más largo de lo habitual, casi como si alguien lo hubiera sostenido unos segundos más. Afuera, el pasillo está vacío. Solo queda ese olor a marcadores viejos y al polvo que se levanta cuando las sillas se arrastran.
La tarde se ha vuelto gris, y la lluvia golpea los ventanales como dedos impacientes. Debes haber tardado más de la cuenta porque cuando miras tu reloj, ya son las siete. Las luces del pasillo parpadean. Es extraño: el conserje siempre apaga todo antes de irse.
Te asomas.
El pasillo principal se extiende frente a ti, largo, con sus casilleros cerrados y los anuncios de clubes escolares despegándose de las paredes. Caminas despacio, intentando no hacer ruido. Tu reflejo se mueve junto a ti en los cristales, pero por un segundo jurarías que se detiene antes que tú.
Avanzas hacia la salida. A medida que te acercas, escuchas un sonido detrás de ti: un golpe seco, como si algo metálico hubiera caído al suelo. Te giras.
Nada.
Solo el aire frío entrando por una ventana entreabierta.
Recuerdas los rumores. Los alumnos hablan de una maestra que murió en el aula 3-B, encerrada durante un incendio que ocurrió hace años. Dicen que a veces, cuando la escuela está vacía, se oyen pasos y el sonido de una regla golpeando la pizarra.
Intentas no pensar en eso. Pero al doblar la esquina, notas algo escrito en el pizarrón del salón 3-B. Las luces parpadean justo en ese momento. No deberías entrar. No hay razón para hacerlo.
Y sin embargo, lo haces.
El aire ahí dentro es más frío. En el centro del aula, una silla está caída. En el pizarrón, con tiza blanca, alguien ha escrito:
“¿Por qué te quedaste?”
Tu pulso se acelera. Detrás de ti, la puerta se cierra de golpe.
Intentas abrirla. No se mueve. Golpeas, gritas, pero el sonido se pierde, absorbido por las paredes. Entonces lo oyes: un susurro cerca de tu oído, tan bajo que apenas puedes distinguirlo.
Parece tu nombre.
El foco del techo chisporrotea. Por un segundo ves una sombra en la esquina del salón, una figura alta, inmóvil. Cuando parpadeas, ya no está. Pero el pizarrón ha cambiado.
Ahora dice:
“Ya no saldrás antes que yo.”
Tu respiración se vuelve irregular. Corres hacia la ventana, pero solo ves oscuridad afuera. Ni siquiera las luces de la calle. Golpeas el cristal. Y justo antes de romperlo, escuchas un sonido conocido detrás de ti: el timbre.
Pero esta vez no es el de salida.
Es el de entrada.
Y uno por uno, los pupitres comienzan a arrastrarse solos hacia su lugar, chirriando sobre el piso. La pizarra se limpia, la sombra regresa al frente y dice con una voz seca, que parece venir del techo, del suelo, de todas partes:
“Tarde otra vez, alumno.”
El timbre suena una vez más, pero no para liberarte.
Esta vez marca el inicio de la clase.
Una que nunca termina.
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