“La casa que te llamó por tu nombre 🏚️”





“La casa que te llamó por tu nombre”

Te habían dicho que en el camino viejo, junto al río seco, había una casa abandonada. Una casona enorme, de madera, con el techo torcido y las ventanas rotas. Nada especial… excepto por el rumor: que la casa escogía a sus visitantes.
Y hoy, por alguna razón que no puedes explicar, despertaste sintiendo que debías ir.

Al llegar, notas que la puerta principal está entreabierta, aunque el viento no sopla. El silencio es raro, denso, como si el bosque entero estuviera esperando tu siguiente movimiento.

Das el primer paso dentro. El suelo cruje, pero el sonido no ecoa; parece tragado por las paredes. La casa huele a polvo viejo, humedad y algo más… algo metálico.

Te das la vuelta para salir. La puerta ya está cerrada.
No recuerdas haberla oído.

Tomas la perilla. No gira.
Empujas. No se mueve.
La casa respira. Lo sientes —un pulso leve en el piso bajo tus pies, como si estuvieras parado sobre un animal dormido.

Tragas saliva y decides avanzar. El pasillo es demasiado largo, mucho más de lo que viste desde afuera. Las paredes tienen cuadros antiguos: retratos de personas sin rostro, solo siluetas oscuras. Cuando pasas junto a ellos, notas que los cuadros cambian ligeramente de posición, inclinándose hacia ti. Mirándote… sin ojos.

Llegas a la sala principal. La chimenea está encendida, aunque no hay leña. El reloj de péndulo marca las tres en punto, pero el segundero está detenido.
Sobre una mesa, encuentras una nota escrita con tinta corrida:

“No digas tu nombre. Ya casi lo sabe.”

Un golpe seco suena en el piso de arriba.
Luego, pasos.
Pasos lentos, arrastrados, que no parecen humanos.

Retrocedes, pero el pasillo por el que viniste ya no está: ahora hay una escalera, estrecha y torcida, que sube hacia la oscuridad.
La casa quiere que subas.

Cada escalón se siente más frío. A mitad del camino, escuchas una voz junto a tu oído. No la entiendes, pero sabe exactamente cómo respiras, cómo late tu corazón.
Te está imitando.
Repitiendo cada inhalación y exhalación como una burla.

Al llegar al último escalón, ves una puerta entreabierta. Dentro, un cuarto pequeño. En el centro, un espejo viejo, alto, con marco de madera tallada.
Te miras.
Pero el reflejo no te copia.
Parpadea antes que tú. Respira diferente. Sonríe de una forma que tú no sabes sonreír.

Y luego te habla con tu propia voz:

“Ya sé tu nombre.”

La puerta se cierra detrás de ti.
El espejo se agrieta.
Y tu reflejo sale caminando hacia afuera, mientras tú quedas atrapado detrás del vidrio, golpeándolo sin poder emitir sonido.

Afuera, la casa abre su puerta para dejar salir… algo que se parece a ti.

La casa nunca se queda sola.
La casa siempre reemplaza lo que atrapa.

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